
En los tiempos que corren es fácil dejarse arrastrar por las modas, asumir la comodidad de la corriente dominante y encontrar en ella una cierta sensación de pertenencia. Formar parte de lo establecido es, en muchos casos, una posición tranquila.
Por eso admiramos profundamente a quienes se atreven a ir un paso más allá: personas con una personalidad estética definida, capaces de tomar decisiones propias sin esconderse y sin miedo al qué dirán.
Esa manera de entender el diseño, honesta y coherente, se expresa con claridad en este proyecto, donde cada decisión responde a una visión personal.
El color y los contrastes están muy presentes en esta vivienda. Una base de tonos crema y beige aporta serenidad y equilibrio, generando una atmósfera calmada que sirve de lienzo para una cuidada selección de elementos decorativos que aportan carácter y vitalidad. El sofá, la butaca y las mesas bajas se organizan en torno a la chimenea, creando un conjunto de salón amplio y confortable, pensado para la conversación pausada y para compartir momentos únicos.
Los tonos azules y aguamarina actúan como hilo conductor entre el mobiliario y los detalles textiles, integrándose de forma armoniosa. El salón se abre al comedor, una estancia luminosa y tranquila presidida por una mesa redonda, concebida como punto de encuentro para brindar, disfrutar y alargar las sobremesas con familia y amigos. Los pequeños detalles decorativos dan a este espacio una personalidad singular.
En el dormitorio predominan las tonalidades más claras, reforzando la sensación de calma y recogimiento. El mobiliario y la iluminación han sido cuidadosamente seleccionados para invitar al descanso y acompañar esos momentos de relajación previos al sueño.
El resultado es una vivienda con una personalidad definida, capaz de apoyarse en lo clásico para ofrecer confort y atemporalidad, y de atreverse a arriesgar lo justo para expresar, sin complejos, su propio carácter.















